De Rosario al mundo, la Bandera de Belgrano

En apenas dos años se cumplirá el bicentenario de la muerte de Manuel Belgrano, ocurrida un 20 de junio de 1820. Sin embargo, pocos próceres de la Independencia son recordados por los rosarinos de manera tan vívida, con cariño y gratitud. Mucho tiene que ver esa “sentida presencia” con el tremolar sin pausa de la bandera celeste y blanca por el creada en esta ciudad, un 27 de febrero de 1812, y el imponente Monumento Nacional a la Bandera que recuerda dicha gesta.

La relación de Belgrano con los habitantes de la entonces aldea de Rosario surgió apenas producida la Revolución de Mayo de 1810, la que conoció de paso en su misión a Paraguay. Con sus modestas viviendas, calles sin veredas y mal trazadas era no obstante un oasis para el viajero en medio de la desolación, porque en ella se podía proveer de agua y víveres. Por su posición estratégica fue el paso obligado de las tropas de los primeros gobiernos patrios en su empeño de expandir su influencia al resto de las provincias y al mismo tiempo una atractiva fuente de aprovisionamiento para el gobierno realista pertrechado en Montevideo y que quería sofocar el proyecto nacido en Buenos Aires, su tradicional rival. La “atmósfera apacible» de ese caserío rural, se disipó para siempre y se convirtió en un cuartel.

El 7 de febrero de 1812 Belgrano volvió a Rosario con un numeroso contingente militar pero esta vez para quedarse por unas semanas hasta concluir la construcción de dos baterías de cañones con las que se aspiraba repeler el paso de las escuadras enemigas. La de la isla fue denominada “Independencia”, y la de tierra firme “Libertad”. Los vecinos colaboraron en tal cometido, con donaciones de materiales y con mano de obra.

Cuando aún no había finalizados los trabajos corrieron rumores que una flotilla española se aproximaba con la misión de apoderarse de la Bajada del Paraná (Paraná), lo que hubiera implicado un golpe funesto a la causa revolucionaria. Fue entonces que Belgrano creyó llegada la hora de crear una cucarda que distinguiera a las tropas patriotas de las realistas: una “escarapela nacional”.

El 13 de febrero de 1812, desde su campamento de Rosario escribió al “Exmo. Gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata: “Parece que es llegado el caso de que V.E. se sirva declarar la escarapela nacional que debemos usar, para que no se equivoque con la de nuestros enemigos y no haya ocasiones que puedan sernos de perjuicio”. Por entonces se conoció en Buenos Aires la noticia de que Venezuela había declarado su independencia el 5 de julio de 1811. En ese clima de euforia no dudó en conceder lo peticionado por Belgrano, determinando por decreto de 18 de febrero: “se haya, reconozca y use la escarapela nacional de las Provincias Unidas del Río de la Plata, declarándose por tal la de dos colores blanco y azul celeste y quedando abolida la roja con que antiguamente se distinguían”.

De esta manera quedaba oficialmente reconocido el primer símbolo patrio creado en Rosario que era el usado por la Sociedad Patriótica e incluso algunos regimientos patrios liderados por los oficiales más vinculados a tal grupo, con colores que representaban un gobierno propio diferente al existente en tiempos del Virrey.  El blanco y azul celeste, eran los colores del escudo de Buenos Aires, del terruño porteño, de la patria chica, empeñada en extender la llama revolucionaria y su dominio sobre el resto del ex virreinato del Río de la Plata.

Algunas mujeres, por encargo de Belgrano habrían comenzado a confeccionar las escarapelas para ser estrenadas por oficiales, soldados y milicianos en la inauguración de la batería isleña, fijada para el 27 de febrero. Disponían de menos de una semana. Fue quizás en esa instancia, y durante ese fervor que decidió enarbolar una bandera con los colores de la escarapela. La tradición oral se refiere a que doña Catalina Echevarría de Vidal, anfitriona del prócer, intervino en la confección de la enseña.

Es el propio Belgrano que en carta al gobierno anticipa el 26 de febrero su pensamiento con respecto a la conveniencia de enarbolar banderas en las baterías. “Las banderas de nuestros enemigos son las que hasta ahora hemos usado, pero ya que V.E. ha determinado la escarapela nacional con que nos distinguimos de ellos, y de todas las Naciones, me atrevo a decir a V.E. que también se distinguen aquellas, y que en estas Baterías no se viese tremolar sino las que V.E. designe”. Y como si no fuera poco haberse referido a una enseña que los diferenciara “de todas las naciones”, lo que con claridad refleja “un proyecto de país” soberano culminó su misiva con la siguiente exhortación: “Abajo, Señor Excelentísimo, esas señales exteriores que para nada nos han servido, y que parece que aún no hemos rotos las cadenas de la esclavitud”.

De puño y letra de Belgrano sabemos que ocurrió el 27 de febrero de 1812, cuando informó al gobierno sobre la creación de la enseña patria: Belgrano lo comunicó al gobierno en estos conocidos términos: “Exmo. Señor. En este momento que son las seis y media de la tarde se ha hecho salva en la Batería de la Independencia y queda con la dotación competente para los tres cañones que se han colocado, las municiones y la guarnición. He dispuesto para entusiasmo de las tropas y estos habitantes, que se formen todas aquellas y las hablé en los términos que acompaño. Siendo preciso enarbolar Bandera y no teniéndola la mandé hacer blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela nacional: espero que sea de la aprobación de V.E.”.

La proclama de Belgrano revela con claridad su vocación emancipadora y que su bandera trascendía la condición de distintivo militar. Aquella arenga fue el momento más emotivo de la ceremonia que llegó a su punto culminante cuando justificó su decisión de dotar de un emblema a la nueva causa.

Desde su caballo exclamó: “Soldados de la Patria: en este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional que ha designado nuestro Exmo. Gobierno: en aquél, la batería Independencia, nuestras armas aumentarán las suyas; juremos vencer a nuestros enemigos interiores y exteriores y la América del Sud será el templo de la Independencia, de la unión y de la libertad. En fe de que así lo juráis, decid conmigo: ¡Viva la Patria!”. Los vítores de la tropa y la población, seguida del estruendo de los cañones quebró el silencio, retumbando por la pampa y el río Paraná.

Según el testimonio de antiguos vecinos el escenario de aquella solemne reunión fue en las “Barrancas de las Ceibas”, el punto más saliente del terreno de una barranca de 20 metros de altura que se encontraba “en el paraje comprendido entre las calles Santa Fe y Córdoba”, donde actualmente se encuentra el Monumento Nacional a la Bandera. Por lo tanto, es indiscutible que la oficialización de la escarapela y la Bandera Nacional fue iniciativa de Manuel Belgrano, obra de su coraje y convicción, y que ambos símbolos de la patria nacieron con la participación y apoyo indispensable de los rosarinos. Con todo derecho, la ciudad puede preciarse en ser la Cuna de la Escarapela y la Bandera Nacional.

Los protagonistas aquel día fueron: Manuel Belgrano; la tropa compuesta  principalmente por el Batallón N.5 de Infantería, otros cuerpos de ejército, un piquete de artillería y los milicianos rosarinos; los habitantes de la aldea; el cura de la Parroquia de la Virgen del Rosario, Julián Navarro, quién habría bendecido la bandera; el funcionario y comerciante santafesino Cosme Maciel, el primero en enarbolarla; y Catalina Echevarría de Vidal;  quién habría intervenido en la confección de la Bandera.

No se encuentra documentada la cantidad y disposición de las franjas de la Bandera, pero la hipótesis más fundada es que la misma constó de dos fajas horizontales e iguales, blanca la superior y celeste la de abajo, conforme a los colores de la escarapela decretada por el Triunvirato.

El Día de la Bandera se festeja el 20 de junio desde hace precisamente 80 años, cuando el Congreso Nacional por ley decidió honrar de esa manera el paso a la inmortalidad de su creador, argumentando además que de esa manera se favorecería la participación de los escolares a diferencia de lo que ocurría en febrero cuando se encontraban en el receso estival.

La Escarapela Nacional también nació en Rosario

El coronel Manuel Belgrano arribó a Rosario en febrero de 1812 para poner en funcionamiento y custodiar las baterías artilladas con las que se esperaba impedir el paso de las naves realistas por el río Paraná. Sus tropas, milicianos, y vecinos trabajaban de sol a sol en ese empeño cuando llegó la noticia de que una flotilla española había zarpado del puerto de Montevideo rumbo a Paraná. El enfrentamiento parecía ser inminente.

Belgrano creyó llegada la hora de crear una cucarda que distinguiera a las tropas patriotas de las realistas. El 13 de febrero de 1812, desde su campamento de Rosario escribió al “Exmo. Gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata: “Parece que es llegado el caso de que V.E. se sirva declarar la escarapela nacional que debemos usar, para que no se equivoque con la de nuestros enemigos y no haya ocasiones que puedan sernos de perjuicio, y como por otra parte, observo que hay Cuerpo de Ejército que la llevan diferente, de modo que casi sea una señal de división, cuyas sombras, si es posible, deben alejarse, como V.E. sabe, me tomo la libertad de exigir de V.E la declaratoria que antes expuse. Dios guarde a V.E. muchos años”.

El Triunvirato porteño no vaciló en conceder lo peticionado por Belgrano, determinando por decreto de 18 de febrero: “se haya, reconozca y use la escarapela nacional de las Provincias Unidas del Río de la Plata, declarándose por tal la de dos colores blanco y azul celeste y quedando abolida la roja con que antiguamente se distinguían”.

De esta manera quedaba oficialmente reconocida y el usada por la Sociedad Patriótica e incluso algunos regimientos patrios liderados por los oficiales más vinculados a tal grupo, con colores que representaban un gobierno propio diferente al existente en tiempos del Virrey.

En vísperas de la ceremonia de inauguración de la batería que se denominaría “Independencia”, situada en la isla frente a Rosario, es muy probable que Belgrano haya solicitado al vecindario la confección de las escarapelas, y que en esa oportunidad fuera “estrenada” no sólo por oficiales y soldados sino también por los milicianos rosarinos.

La creación de la Escarapela fue el primer paso conducente al nacimiento de la Bandera Nacional. Sin embargo, faltaba algo más: identificar a las baterías artilladas, como era usual en la época en las fortificaciones y defensas costeras, con una bandera. El distintivo de la tropa y el de sus baluartes frente a un invasor no podían ser distintas.

Sin embargo, una y otra, trascendían las circunstancias militares del momento porque expresaban el deseo emancipador de Belgrano. La lucha por la libertad recién se iniciaba y ella requería sus propios símbolos de unión para sostener con firmeza la causa iniciada en Mayo de 1810.

Con el correr del tiempo el uso de la escarapela se generalizó en la población civil, pasando del morrión y los gorros de la tropa al pecho de los ciudadanos, representando un compromiso personal con la patria misma. Por lo tanto, es uno de sus símbolos sagrados y merece el mayor respeto y cuidado.

“La recién nacida”, la bandera de la patria

Belgrano creó la Bandera de la patria y Rosario la alumbró. Aquel atardecer, “la “sublime enseña de libertad y honor”, fue saludada con vítores, y salvas de artillería.

No se encuentra documentada la cantidad y disposición de las franjas de la Bandera, pero la hipótesis más fundada es que la misma constó de dos fajas horizontales e iguales, blanca la superior y celeste la de abajo, conforme a los colores de la escarapela decretada por el Triunvirato; que de acuerdo con registros pictóricos fue redonda, de fondo blanco y centro celeste. En cuanto al formato y tamaño de la bandera izada en Rosario, caben dos posibilidades: que fuera cuadrada o rectangular. Las ordenanzas del ejército de la época fijaban la primera para los cuerpos terrestres y la segunda para las plazas marítimas, castillos y defensa de las costas.  Suscribimos al respecto la tesis de Golman que realiza el siguiente planteo: Teniendo en cuenta que las baterías emplazadas en las márgenes del Paraná tenían por finalidad rechazar las incursiones de la escuadra realista, y que sí o sí al inaugurarse debían contar con una bandera que la distinguiera del enemigo, lo que hubiera obligado a llevar al tope de cada mástil una bandera con los colores rojo y amarillo (como era costumbre hasta la época en las posesiones hispánicas), es muy probable que las medidas fueran las usuales en ese caso: la escala 1:2 “pero no tan grande, ya que las baterías, por ser grupos de piezas de artillería, no representaban fortificaciones defensivas permanentes”.

Belgrano advirtiendo dicha situación, que en la inauguración de la Batería “Independencia” y luego en la “Libertad” debía dejarse emplazadas ese tipo de banderas, rectangulares, decidió con muy buen tino y coraje, reemplazar las que representaban a la corona española por la de los colores de la revolución, el blanco y celeste.

Los protagonistas en la creación de la Bandera Nacional

 

  • Manuel Belgrano:

El doctor Manuel Belgrano, a sus 42 años de edad, era uno de los revolucionarios mejores formados para el diseño y ejecución de políticas de Estado. Honorable, soltero y sin hijos, el ex secretario de la Primera Junta había consagrado su vida a la causa de Mayo. Nació en Buenos Aires el 3 de junio de 1770, y estudió en Europa. A su regreso se desempeñó en el Consulado de Comercio desde donde propuso iniciativas para el desarrollo nacional. Devenido por circunstancias apremiantes en coronel, descollaba por su sensibilidad humanitaria y no ponía barreras en el trato con la gente. Esa capacidad de sentirse uno con los demás le permitió forjar estrechos lazos con los rosarinos que tanta nobleza y lealtad le habían demostrado dos años antes, en 1810, en su paso al Paraguay. Sacó provecho de su amistad con el rosarino Vicente Anastasio Echevarría y su relación con el párroco Julián Navarro, para informarse de lo que en Rosario sucedía y sumar apoyos.  No fue casual entonces que con todos ellos compartiera su empeño de dotar a la causa patriota de una Bandera Nacional.

 

 

  • Tropa:

Estaba compuesta principalmente por el Batallón N.5 de Infantería (ex Cuerpo de “Patricios” de Buenos Aires). También formaban efectivos del Batallón de Pardos y Morenos, del Regimiento de Dragones de la Patria y Granaderos de Fernando VII, y un piquete de artillería.

En un extremo se situaron los milicianos del Rosario, un nutrido grupo de paisanos de a caballo.

 

  • Habitantes:

Como se señaló, en la aldea vivían unas 600 almas, agrupadas en unas ochenta familias, cada una compuestas de numerosos integrantes, padres, hijos, abuelos, primos y personal de servicio. Según Belgrano, enarboló la bandera aquel 27 de febrero para “entusiasmar a estos habitantes”.

 

  • Julián Navarro:

El cura de la aldea, el doctor Julián Navarro, condiscípulo en Buenos Aires de Mariano Moreno y otros patriotas, se convirtió en adalid de la resistencia contra las arbitrariedades de los realistas rosarinos en 1810 desoyendo así las amenazas de severos castigos. Había nacido en 1777. Se sostiene que el 27 de febrero pronunció la fórmula ritual de la bendición acostumbrada en aquel entonces, implorando a Dios protección, utilizando un hisopo que se conserva en el Museo Histórico Provincial “Julio Marc”. Un año más tarde José de San Martín destacó “su valor e intrepidez” socorriendo a los heridos en el Combate de San Lorenzo. Acompañaría al Libertador de América en su campaña a Chile. Fue uno de los pocos que tuvo el privilegio de intervenir en tres grandes eventos de la historia nacional: La creación de la Bandera por Belgrano, el bautismo de fuego de San Martín en San Lorenzo, y el Cruce de los Andes.

 

  • Cosme Maciel:

Según la tradición oral Belgrano llamó a don Cosme Maciel, regidor del Cabildo de Santa Fe, por ser la autoridad política de mayor rango, para ser el primero en izar la bandera. Había nacido en la capital provincial en 1784 y pertenecía a una familia criolla de abolengo.  Se dedicó al comercio fluvial y a la construcción de barquichuelos y por eso en esos días viajó a Rosario para cooperar con el ingeniero Monasterio en el traslado de los materiales necesarios para la construcción de la batería Independencia, poniendo al servicio su propia embarcación. Belgrano habría querido distinguir este decisivo aporte al solicitarle que elevara la primera enseña nacional. “Como arriba se mencionó, “no fue accidental” su presencia en Rosario. Como funcionario santafesino verificó la realización de una fortificación que contribuiría también a la seguridad de Santa Fe y la Bajada (Paraná) y en su carácter de empresario naval aportó su conocimiento de baquiano en la navegación y medios. Maciel sería en los próximos años una de las figuras más destacadas en la defensa del federalismo y la autonomía santafesina, y comandante “de la escuadrilla naval de Santa Fe”. Un nieto suyo alcanzaría el cargo de intendente de Rosario y sería uno de los más decididos hacedores de un Monumento a la Bandera: Luis Lamas.

 

  • Catalina Echevarría de Vidal:

Catalina Echevarría de Vidal, a sus treinta años, era una de las principales señoras del poblado. Integra la trilogía de personajes que la tradición adjudica participación directa en el acto del 27 de febrero, junto a Navarro y Maciel, y por ende es la única protagonista de ellos nacida en Rosario. Sus padres fueron Tomasa de Acevedo y Fermín de Echevarría. Su hermano Vicente Anastasio, fue el rosarino que participó en el Cabildo Abierto de 1810 que derrocó al virrey, funcionario del primer gobierno patrio, y amigo dilecto de Belgrano. Cuando María Catalina quedó huérfana a temprana edad fue adoptada por el vecino español Pedro Tuella, quién la educó como su propia hija. En 1810, contrajo matrimonio con Juan Manuel Vidal, y casi al mismo tiempo conoció a Manuel Belgrano de paso por Rosario rumbo a Paraguay. En 1812, le habría sido encomendada la confección de la bandera con la que el prócer quería presentar en ocasión de inaugurar la Batería “Independencia”. Existe una osada especulación acerca de que ella tomó los materiales de la tienda de don Tuella, su padre adoptivo, que era de las más provistas de la zona, y que no sólo la confeccionó, sino que el día 27 de febrero la llevó sobre sus brazos extendidos hasta el pie del mástil.  Al poco tiempo ella se radicó en el pago de San Lorenzo, (en una casa ubicada en lo que en la actualidad es la avenida San Martín Nº 1482, entre la calle Belgrano y bulevar Urquiza, de la ciudad de San Lorenzo. Falleció el 18 de julio de 1866, siendo depositados sus restos en el lugar.

 

Datos de color

Rosario: escenario donde se enarboló por primera vez la Bandera Nacional

¡Si las hermanas Caraballo hubieran escrito lo observado en aquellos días!… Ellas vivían en el único rancho situado en la punta de la “barranca de las ceibas”, en las proximidades de la batería “Libertad”, que para el 27 de febrero estaba a punto de ser concluida y tenía emplazada sobre sí la mayoría de los cañones. Longevas, alcanzaron a transmitir oralmente sus recuerdos sobre aquel día glorioso del 27 de febrero. Otros antiguos vecinos aportaron también sus impresiones y todo aquello conformó un anecdotario que no se ha podido verificar documentalmente.

En 1897 se publicó una de las primeras crónicas históricas de Rosario, escrita por Eudoro y Gabriel Carrasco. Ellos rescataron el testimonio de antiguos vecinos. En esa obra ya se afirmaba que la bandera “inventada por Belgrano” había sido “enarbolada por primera vez “en el paraje comprendido entre las calles Santa Fe y Córdoba, en su prolongación hasta el agua, sitio en que actualmente se encuentra la plaza Brown (donde se levantó el Monumento Nacional a la Bandera), la casa conocida por Ignacio Comas, la fábrica del gas (la actual plaza de la coronación) y las calles que ellas circundan”. En cuanto a la ceremonia del 27 de Febrero, los Carrasco (padre e hijo), hicieron suya el relato escrito por Bartolomé Mitre, expresidente e historiador argentino, en su “Historia de Belgrano”: “En la tarde del día indicado se formó la división en batalla sobre la barranca del río en presencia del vecindario congregado por orden del comandante militar. A su frente, se extendían las islas florecidas del Paraná que limitaban al horizonte; a sus pies se deslizaban las corrientes del inmenso río, sobre cuyas superficies se reflejaban las nubes blancas en el fondo azul de un cielo de verano, y el sol que se inclinaba al ocaso, iluminaba con sus rayos oblicuos aquel paisaje lleno de grandiosa majestad”.

Y continuó: “En aquel momento, Belgrano que recorría la línea a caballo, mandó formar cuadro y levantando la espada con un gesto heroico dirigió a sus tropas estas palabras…” seguidamente transcribió la proclama y a su término dijo: “Las tropas ocuparon sus puestos de combate. Eran las seis y media de la tarde y en aquel momento se enarboló en ambas baterías la bandera azul y blanca, reflejo del hermoso cielo de la patria, y su ascensión fue saludada con una salva de artillería. Así se inauguró la bandera argentina”.

Según Mitre, aquella escena había sido “calculada para impresionar profundamente los ánimos y comprometer a los tímidos en todas las consecuencias de la revolución, causando tanto entusiasmo en las tropas como sorpresa y desagrado en el gobierno. Todos dieron al acto el significado que realmente tenía y vieron en él el algo más que el preliminar de la declaración de la Independencia”.

En el río, cinco buques anclados para transportar a Santa Fe a los Granaderos de Fernando VII, completaban la emotiva escena.

Esta versión de Mitre adquirió para las sucesivas generaciones argentinas a partir de la segunda mitad del siglo XIX un documento incuestionable. Inspirados en ella se hicieron las posteriores evocaciones con un altísimo impacto en el ideario colectivo. Así se asoció a uno de los padres de la patria con la “invención” de su máximo símbolo como si de él hubiera dependido la selección de los colores. Sin embargo, él mismo expresa “La mandé a hacer blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela Nacional”.

Lo que nadie puede discutir es que la oficialización de la escarapela y la Bandera Nacional fue iniciativa suya, obra de su coraje y convicción, y que ambos símbolos de la patria fueron impulsados y presentadas “oficialmente” por Belgrano en Rosario y con la participación indispensable de los rosarinos. Con todo derecho, la ciudad puede preciarse en ser la Cuna de la Escarapela y la Bandera Nacional.

La creación y su creador

Proclama de Belgrano con la creación de la Bandera: libertad e independencia

La proclama de Belgrano revela con claridad la vocación emancipadora de su creador, y que su bandera trascendía la condición de distintivo militar. Aquella arenga pronunciada por el prócer fue el momento más emotivo de la ceremonia que llegó a su punto culminante cuando justificó su decisión de dotar de un emblema a la nueva causa y exhortó a los presentes hombres a sostenerla.

Desde su caballo exclamó: “Soldados de la Patria: en este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional que ha designado nuestro Exmo. Gobierno: en aquél, la batería Independencia, nuestras armas aumentarán las suyas; juremos vencer a nuestros enemigos interiores y exteriores y la América del Sud será el templo de la Independencia, de la unión y de la libertad. En fe de que así lo juráis, decid conmigo: ¡Viva la Patria!”.

Los vítores de la tropa y la población, seguida del estruendo de los cañones quebró el silencio, retumbando por la pampa y el río Paraná.

Muy pocos conocen que el Archivo General de la Provincia de Santa Fe custodia la primera versión de las dos proclamas escrita por Belgrano el día 27. Utilizó un pequeño papel de arroz, empleando una letra muy menuda y apretada. Se presume, dada estas características, que el prócer la tuvo con él en el puño o botamanga de la chaqueta del uniforme en el momento de pronunciarla, a manera de guía. Terminado el acto, la habría pasado en limpio para enviar la comunicación oficial al Triunvirato. Esa minuta que se conserva en dicho archivo dice: “Soldados de la Patria. En este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional que ha designado nuestro Exmo. Gobierno: en aquél, nuestras armas aumentarán sus glorias; juremos vencer a nuestros enemigos interiores y exteriores, y la América del Sud será el Templo de la Independencia y nuestra libertad. En fe de que así lo juráis decid conmigo, Viva la Patria. Concluido. Sr. Capitán y Tropa destinada por primera vez a la Batería de la Independencia id, posesionaos de ella y cumplid el juramento que acabáis de hacer”.

Al analizarse detenidamente el documento se dedujo que Belgrano omitió inicialmente la palabra “Independencia” y que luego la intercaló, lo que de alguna manera también señala un peso en la decisión final de mencionar aquella palabra temida por muchos.

 

La cuna de la libertad y la independencia: pioneros, valientes, decididos

Todos a la obra: se creó la Bandera Nacional y flameó en Rosario

En carta a Celedonio J. del Castillo, Belgrano hace referencia al ánimo de la población y la tropa: “Mi querido amigo: estoy destinado con mi Regimiento a sostener este punto y creo que seré atacado por los montevideanos, según los avisos que se me han comunicado, pero espero por Dios que saldremos avante, pues la gente está muy animosa”. Ese ímpetu de los rosarinos distaba del ánimo de su tropa, que según sus propias palabras se encontraba “bastante bajo”, con motivo del último motín (el de las Trenzas).

Se trabajó intensamente en la construcción de las baterías bajo el caluroso sol de esos días de enero y febrero. Los que podían ayudaban con donaciones de materiales. Tiburcio Benegas fue designado tesorero.  “Necesito carne, azúcar y yerba para los vicios de estos paisanos. Trabajan todo el día, arriba en la alta barranca y abajo al pie de ella. El sol es abrasador”, dijo Belgrano al gobierno. El 14 de febrero volvió de Buenos Aires Monasterio, con un refuerzo de ocho carpinteros que se sumaron a la construcción, encabezada por el capitán de artillería José Rueda. Se trabajó con bastante anhelo, sin embargo, faltaba más gente y dinero.

Alguna que otra “vidalitas a la patria”, y “cielitos de la patria” se mezclaban con el intenso martilleo en la construcción de las explanadas y en el aseguramiento de los cañones de la batería “Libertad”. Hasta los frailes del Convento de San Lorenzo, ayudaron con materiales. La construcción de la batería de la isla, denominada “Independencia”, (significativa decisión del prócer de imponer dicho nombre a la misma cuando muy pocos se animaban a pronunciar abiertamente la palabra “Independencia”), fue más modesta, y en ella se estableció una suerte de destacamento con poca gente. Ellos se comunicaban con la “Libertad” mediante banderines y faroles de señales.

Cuna de la escarapela

Mientras tanto, algunas mujeres, por encargo de Belgrano habrían comenzado a confeccionar las escarapelas para ser estrenadas por oficiales, soldados y milicianos en la inauguración de la batería de la isla, fijada para el 27 de febrero. Disponían de menos de una semana. En las casas y a la sombra de los aleros, se cocieron apresuradamente centenares de ellas, que el día 23 Belgrano comenzó a distribuir entre los efectivos de su división, tal como lo informó al gobierno: “Se ha puesto en ejecución, la orden de usted para el uso de la escarapela que se ha servido señalar, cuya determinación ha sido del mayor regocijo, y exitado los deseos de los verdaderos hijos de la patria de otras declaraciones de V.E. que acaben de confirmar a nuestros enemigos en la firme resolución en que estamos de sostener la Independencia de la América”.

Fue quizás en esa instancia, y durante ese fervor, e inspirado por la idea de presentar en la inauguración de la batería “Independencia” no sólo las escarapelas, que se sintió a empujado a presentar una expresión mayor y más visible que las cucardas: una bandera. La tradición oral se refiere a que doña Catalina Echevarría de Vidal, anfitriona del prócer, intervino en la confección de la enseña, cuyos colores debían ser igual a las escarapelas por la sencilla razón que una y otra tenían por finalidad concreta identificar un mismo bando. Belgrano consciente de que la lucha por la independencia recién iniciaba, que sería ardua e involucraría a más de un regimiento como el suyo, era necesario una bandera que flameando en lo alto de una asta pudiera ser vista, y por ende seguida por grandes contingentes. La bandera de la patria fue entonces confeccionada entre el 18 y el 27 de febrero.

Se mencionó el apuro por terminar las baterías: las noticias de la inminente llegada de la flota enemiga y la necesidad de que estas le cerraran el paso con sus fuegos cruzados, la de la isla, con disparos rasantes, y la de las barrancas con tiros a distancia.

Romper las cadenas de la esclavitud

Es el propio Belgrano que en carta al gobierno anticipa el 26 de febrero su pensamiento con respecto a la conveniencia de enarbolar banderas en las baterías. “Las banderas de nuestros enemigos son las que hasta ahora hemos usado, pero ya que V.E. ha determinado la escarapela nacional con que nos distinguimos de ellos, y de todas las Naciones, me atrevo a decir a V.E. que también se distinguen aquellas, y que en estas Baterías no se viese tremolar sino las que V.E. designe”. Y como si no fuera poco haberse referido a una enseña que los diferenciara “de todas las naciones”, ya no de los adversarios del momento, lo que con claridad refleja “un proyecto de país” soberano culminó su misiva con la siguiente exhortación: “Abajo, Señor Excelentísimo, esas señales exteriores que para nada nos han servido, y que parece que aun no hemos rotos las cadenas de la esclavitud”.

De puño y letra de Belgrano sabemos que ocurrió el 27 de febrero de 1812, cuando informó al gobierno sobre la creación de la enseña patria: Belgrano lo comunicó al gobierno en estos conocidos términos: “Exmo. Señor. En este momento que son las seis y media de la tarde se ha hecho salva en la Batería de la Independencia y queda con la dotación competente para los tres cañones que se han colocado, las municiones y la guarnición. He dispuesto para entusiasmo de las tropas y estos habitantes, que se formen todas aquellas y las hablé en los términos que acompaño. Siendo preciso enarbolar Bandera y no teniéndola la mandé hacer blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela nacional: espero que sea de la aprobación de V.E.”.

Es lo que tenemos…

El Cielito

De estreno

 

¡Al fin Rosario!

Luego de quince días de marcha desde Buenos Aires, el contorno de la entonces pequeña aldea de Rosario se avistó a escasos kilómetros de distancia. Era el 7 de febrero de 1812. Manuel Belgrano estaba al tanto que sus pobladores aguardaban con anhelo los refuerzos prometidos por él gobierno.

A pesar de esta situación de zozobra, una carta escrita por el revolucionario Hipólito Vieytes, desde Rosario, había asegurado al gobierno de Buenos Aires, que el vecindario estaba decidido a apoyar la construcción de una batería artillada que impidiera el paso del enemigo y que estaban “dispuestos a derramar hasta la última gota de sangre en defensa del gobierno patrio”. El mismo Vieytes había explorado con el piloto José de la Peña el río Paraná para determinar el lugar más apto para enfrentar con cañones a las embarcaciones realistas y concluyeron que ese lugar se encontraba frente al caserío de Rosario. De similar opinión fueron el diputado por Santa Fe en la Junta Grande, Francisco Tarragona y el caudillo oriental José Gervasio de Artigas. Tarragona sostenía que los cañones podían impactar con acierto libre de obstáculos sobre los barcos enemigos porque el río frente a Rosario tenía “ocho cuadras de ancho”.

Entre los vecinos que aportaron materiales para iniciar la construcción de las baterías en marzo de 1811 se destacaban: Juana Grandoli, Pedro Tuella, Félix Reynoso, José Tiburcio Benegas, Micaela Rodríguez, Bautista Gadea, Manuel Bustamante, Marcos Loaces, Alexos Grandoli y el cura Julián Navarro. Las obras se detuvieron cuando se firmó un armisticio entre el gobierno patrio de Buenos Aires y el realista de Montevideo, comprometiéndose este último a levantar el bloqueo fluvial de la ex capital virreinal. Este respiro duró muy poco y cuando se reiniciaron las hostilidades el gobierno decidió continuar con las obras de defensa de Rosario a principios del año siguiente con el acuerdo del gobernador de Santa Fe, Manuel Ruiz,

Belgrano ordenó a su tropa, que avanzaba extenuada, con calor y sed, con llagas en sus pies por la dura caminata y el uso de un calzado inapropiado, un último esfuerzo: Ingresar al poblado, que se encontraba a unas veinte cuadras de distancia, con gallardía y fe por la causa. Dejó su carruaje (que utilizaba con motivo de una enfermedad que desde hacía años lo aquejaba) y montó un caballo para encabezar la marcha de su regimiento qué por el Camino Real, la actual calle Buenos Aires, llegó hasta al descampado que oficiaba de plaza (la actual 25 de Mayo). Allí, frente a la capilla y el cementerio (actual Iglesia Catedral y Pasaje Juramento), lo aguardaba el cura párroco, Julián Navarro, paisanos y las carretas que, de distintos puntos de aquella inconmensurable región de estancias, solían arribar en busca de provisiones en las pulperías y negociar la compra y venta de cueros, sebos y mulas. Rosario era un cruce de caminos. Relata Belgrano: “Llegados a la Plaza Mayor se formó en batalla, y habiéndose depositado las banderas en la Casa que me estaba preparada, marchó la tropa al campamento que ya estaba señalado por el Capitán Álvarez en una buena situación cerca del Río, y bajo unos árboles que favorecen mucho por la estación en que nos hallamos. El Pueblo no tiene Casas ni galpones para colocar la gente; se ha encontrado una a propósito para parque de las municiones que traemos, y almacén de los vestuarios, y demás útiles del Regimiento”.

Belgrano conocía Rosario y su gente. La había visitado en septiembre de 1810 en su campaña al Paraguay. Unas 600 almas vivían en casas de adobe y paja, -cada una con sus corrales-, contiguas a la capilla de la Virgen del Rosario, construida del mismo material, y no se disponía de una edificación para el alojamiento de la tropa. La poca sombra disponible la daban algunos sauces en “el bajo”, a las proximidades del río, o un monte de ceibos existente sobre las barrancas, entre las actuales calles Rioja y Santa Fe, y donde se construía la batería “Libertad”. En sus proximidades se levantaron unas cuarentas carpas para los soldados. Como el lo destacó: que estuvieran al lado del río fue un bálsamo, para el aseo y el descanso. Al día siguiente del arribo de esas tropas se desató un fuerte temporal y el viento pampero que le siguió arrasó el improvisado campamento. Esas tiendas, eran “malas para el calor, para el agua y para el río”, según comunicó Belgrano a Rivadavia.

¿Dónde se alojó Belgrano?, sólo hay presunciones. Por él sabemos que se le “tenía preparada una casa”, y es muy probable que hubiera aceptado estar en una de las más confortables, la de Catalina Echevarría de Vidal, hermana de su gran amigo, y presidente del Superior Tribunal de Justicia del gobierno patrio, el rosarino Vicente Anastasio Echevarría. Ella estaba casada con uno de los terratenientes de la región y por ende su pasar debía ser más acomodado que el resto de los habitantes. Tampoco se conoce hasta el presente la ubicación de dicha residencia: se ha señalado que podría haberse levantado era próxima a la capilla, por la actual calle Juan Manuel de Rosas, o en las afueras del caserío, a la altura de las actuales calles Córdoba y Corrientes.

Aquí tenía que ser

La aldea, con sus modestas viviendas, calles mal trazadas y sin veredas, y sin demasiadas comodidades era no obstante un oasis para el viajero en medio de la desolación, porque en ella se podía proveer de agua y víveres. Por su posición estratégica fue el paso obligado de las tropas de los primeros gobiernos patrios en su empeño de expandir su influencia al resto de las provincias y al mismo tiempo una atractiva fuente de aprovisionamiento para el gobierno realista pertrechado en Montevideo y que quería sofocar el proyecto nacido en Buenos Aires, su tradicional rival. La “atmósfera apacible» de ese caserío rural, que se regía por el ritmo de la pequeña campana que poseía la capilla, se disipó para siempre y se convirtió en un cuartel. Fueron tiempos de definición y compromisos. Los rosarinos se pusieron manos a la obra utilizando las donaciones efectuadas por ellos mismos el año anterior.

La pluma del gran historiador Juan Álvarez lo ilustra vívidamente: “Aquella Capilla adormilada del tiempo de los virreyes, desapareció; unos a trabajar en la obra; otros, a correr la costa; otros más, a esperar con caballo ensillado al chasqui del sur que adelantara la noticia de estar las temibles velas enemigas a la vista de San Pedro; el resto, a seguir adiestrándose en el manejo de sables, fusiles o lanzas. Tampoco falta quehacer a las mujeres, dedicadas a la fabricación de pan para el ejército y cuidado de la ropa de los oficiales”.

Lo que ocurriría en la convivencia de los días sucesivos sería decisivo en la creación de la enseña nacional. Pero también fue el lugar donde por esos días convivieron exponentes del sector más revolucionario del gobierno patrio.

Los oficiales y tropas del Regimiento Patricios destinados en Rosario habían sido actores de primer orden en las invasiones inglesas y en los acontecimientos que concluyeron en la destitución del Virrey de España y la formación de la Primera Junta. Al asumir el poder el Primer Triunvirato, Belgrano fue designado al frente de los Patricios en reemplazo nada menos que de Cornelio Saavedra, el ex presidente de la Primera Junta y la Junta Grande. Los soldados se encontraban solidarizados en lealtad con ese jefe y no ocultaban su malestar con el gobierno que había provocado primero su caída y luego su destitución. Así fue como estalló el “Motín de las Trenzas”, el 6 de diciembre de 1811, así denominado por la negativa de sus integrantes de eliminar su coleta o trenza distintiva, un eslabón más en la intención del gobierno de convertir lo que era una unidad de milicias en tropa de línea, es decir, sin posibilidad de intervenir en el lugar y la duración de la prestación del servicio armado. Dicho motín culminó sangrientamente con el fusilamiento de los cabecillas, pero el gobierno, cuyo secretario era Bernardino Rivadavia, llegó a la conclusión que era preferible que dicho Regimiento saliera de Buenos Aires, foco de intrigas, y que fuera destinado al frente de batalla, que en esos momentos era el litoral.

La ciudad zona de guerra

Un poco de sombra por favor!!!

Que no te agarren los cimarrones…

A pesar de todo, un refugio

Entre la humareda y el polvo…

La aldea del ritmo de la campana despertó de su vida apacible

La vida cotidiana