El 5 de agosto, cumpleaños de Rosario como ciudad

Por Miguel Ángel De Marco (h)

 

Un 5 de agosto de 1852 Rosario fue elevada al rango de ciudad por el gobierno de la provincia de Santa Fe, a pedido del entonces Director Provisorio de la Confederación Argentina, Justo José de Urquiza, con la intención de crear un poderoso centro capaz de competir y compensar el poder “del interior” frente a la poderosa Buenos Aires.

Hasta ese momento Rosario era un poblado de tres mil habitantes, sin capacidad de autogestión, carente de recursos institucionales que colaboraran efectivamente con su desarrollo y sus intereses. Sin embargo, por sus condiciones naturales y ubicación geográfica, era un enclave comercial, político, y estratégico del litoral argentino.

Derrocado el gobernador porteño Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros, en febrero de ese año, las provincias vencedoras, propiciaron la sanción de una Constitución Nacional de la que se carecía, y la organización del país en el molde republicano y federal. Urquiza creyó conveniente convertir a Rosario en un bastión que garantizara dicho anhelo y corresponder el respaldo otorgado por gran parte de sus vecinos en su pronunciamiento contra Rosas en 1851. Un apoyo que se concretó en la formación de dos batallones que lo acompañaron en la campaña que puso fin al rosismo, que se empeñaba en mantener cerrada la navegación de los ríos interiores en beneficio de la Aduana y puerto único en Buenos Aires, en detrimento del litoral.

El gobernador de la provincia de Santa Fe, Domingo Crespo, al ordenar un 5 de agosto de hace 166 años atrás, que se reconociera a la entonces “Ilustre y Fiel Villa del Rosario” como “Ciudad del Rosario de Santa Fe”, otorgándosele todos los fueros y prerrogativas que como tal a ella le correspondía, daba cumplimiento a un pedido expreso del entrerriano Urquiza, plasmado en la ley del 3 de agosto.

Las ciudades asocian sus orígenes al momento en el que ellas se volvieron necesarias. En tal sentido están las que nacieron como capital de una jurisdicción política, otras para la supervivencia y defensa de un territorio; y otras como posta o ámbitos de paso en las comunicaciones.

Rosario, ya era todo esto en el siglo XVIII: sede de la autoridad civil en el Pago de los Arroyos, un puerto natural, una región fértil y apropiada para vivir, una zona de paso obligado entre Buenos Aires y las provincias, un ámbito para la religiosidad popular, tal como lo demuestra la devoción por la Virgen del Rosario, cuya festividad se celebra la primera semana de octubre desde hace trescientos años.

Factores relacionados con la internacionalización del sistema económico, la necesidad de organizar la nación bajo un nuevo patrón de crecimiento y una nueva política hizo que aquel poblado se convirtiera en ciudad abierta a la República Argentina y al mundo.

El 5 de agosto de 1852 se formalizó un reconocimiento de la joven patria hacia los rosarinos que tanto habían dado en la lucha por la Independencia y la libertad. Ahora eran convocados por un proyecto de nación que necesitaba “un puerto autónomo” de la Aduana de Buenos Aires, un “refugio humanitario” para los perseguidos políticos, y un centro mercantil capaz de generar un mercado alternativo al rioplatense.

No se equivocaron los que confiaron en la institucionalización de Rosario como ciudad: en apenas quince años creció de tal manera que fue propuesta y designada por el Congreso de la Nación como capital de la República Argentina. A esto contribuyó haber sido el primer complejo ferroportuario del país y la gran región del cono sur, y que su población se elevara de 3 mil habitantes a 23 mil en catorce años. Sin embargo, los intereses del centralismo pudieron más y se le negó a través de vetos presidenciales lo que las provincias votaron soberanamente en el Congreso. Este fue el inicio de una larga lucha.

Recordar el 5 de agosto implica por lo tanto no olvidar. Es una festividad eminentemente cívica porque implica reconocer la capacidad de transformación de las decisiones políticas. Al poco tiempo de designarse ciudad, en el mismo año 1852 se abrió su río al comercio internacional, se estableció la aduana y se creó el puerto, la Jefatura Política, la primera inspección de escuela, se suprimió la comandancia militar y se la remplazó por un juzgado de paz, un juzgado de comercio y un juzgado de policía, se dividió a la ciudad en cuatro cuarteles o jurisdicción de policías, de los que dependieron las comisarios de Campaña: Arroyo Ludueña, Chacras, Bajo Hondo, y Saladillo. Meses después vendrían las oficinas de correos, las nomenclaturas de las primeras calles. De las quince calles con nombre, diez hicieron alusión a las ciudades y provincias que comunicaban, cuatro a las actividades del momento: Mensajería, Comercio, Aduana, y Puerto; y la única que no hacía alusión a Rosario como cruce de las comunicaciones nacionales, era la que encerraba un valor político y una connotación histórica: la calle Libertad, en alusión a la caída de Rosas, y que es la actual calle Sarmiento. Seis años más tarde surgiría la Municipalidad con su rama deliberativa y ejecutiva, entre otros logros. La ciudad pudo dictar en adelante sus propias ordenanzas y los vecinos accedieron al gobierno de su patria chica.

A diez años de crearse Rosario como ciudad, su Municipalidad, reunida en Concejo acordó dotarse de un escudo. En el centro del primer símbolo de la urbe naciente, se elevaba “un brazo poderoso”, que representaba a Manuel Belgrano sosteniendo la bandera azul y blanca, al momento de su creación en Rosario, el 27 de Febrero de 1812.

Los habitantes de nuestra ciudad tienen el privilegio de que “su blasón”, lejos de recordar antecedentes nobiliarios, a un conquistador o a un ilustre hidalgo, o a símbolos de imposición, exhibe con orgullo su identificación con el general Manuel Belgrano, y el emblema celeste y blanco, síntesis de la aspiración de una patria solidaria, libre e independiente.

 

 

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