¡Al fin Rosario!

Luego de quince días de marcha desde Buenos Aires, el contorno de la entonces pequeña aldea de Rosario se avistó a escasos kilómetros de distancia. Era el 7 de febrero de 1812. Manuel Belgrano estaba al tanto que sus pobladores aguardaban con anhelo los refuerzos prometidos por él gobierno.

A pesar de esta situación de zozobra, una carta escrita por el revolucionario Hipólito Vieytes, desde Rosario, había asegurado al gobierno de Buenos Aires, que el vecindario estaba decidido a apoyar la construcción de una batería artillada que impidiera el paso del enemigo y que estaban “dispuestos a derramar hasta la última gota de sangre en defensa del gobierno patrio”. El mismo Vieytes había explorado con el piloto José de la Peña el río Paraná para determinar el lugar más apto para enfrentar con cañones a las embarcaciones realistas y concluyeron que ese lugar se encontraba frente al caserío de Rosario. De similar opinión fueron el diputado por Santa Fe en la Junta Grande, Francisco Tarragona y el caudillo oriental José Gervasio de Artigas. Tarragona sostenía que los cañones podían impactar con acierto libre de obstáculos sobre los barcos enemigos porque el río frente a Rosario tenía “ocho cuadras de ancho”.

Entre los vecinos que aportaron materiales para iniciar la construcción de las baterías en marzo de 1811 se destacaban: Juana Grandoli, Pedro Tuella, Félix Reynoso, José Tiburcio Benegas, Micaela Rodríguez, Bautista Gadea, Manuel Bustamante, Marcos Loaces, Alexos Grandoli y el cura Julián Navarro. Las obras se detuvieron cuando se firmó un armisticio entre el gobierno patrio de Buenos Aires y el realista de Montevideo, comprometiéndose este último a levantar el bloqueo fluvial de la ex capital virreinal. Este respiro duró muy poco y cuando se reiniciaron las hostilidades el gobierno decidió continuar con las obras de defensa de Rosario a principios del año siguiente con el acuerdo del gobernador de Santa Fe, Manuel Ruiz,

Belgrano ordenó a su tropa, que avanzaba extenuada, con calor y sed, con llagas en sus pies por la dura caminata y el uso de un calzado inapropiado, un último esfuerzo: Ingresar al poblado, que se encontraba a unas veinte cuadras de distancia, con gallardía y fe por la causa. Dejó su carruaje (que utilizaba con motivo de una enfermedad que desde hacía años lo aquejaba) y montó un caballo para encabezar la marcha de su regimiento qué por el Camino Real, la actual calle Buenos Aires, llegó hasta al descampado que oficiaba de plaza (la actual 25 de Mayo). Allí, frente a la capilla y el cementerio (actual Iglesia Catedral y Pasaje Juramento), lo aguardaba el cura párroco, Julián Navarro, paisanos y las carretas que, de distintos puntos de aquella inconmensurable región de estancias, solían arribar en busca de provisiones en las pulperías y negociar la compra y venta de cueros, sebos y mulas. Rosario era un cruce de caminos. Relata Belgrano: “Llegados a la Plaza Mayor se formó en batalla, y habiéndose depositado las banderas en la Casa que me estaba preparada, marchó la tropa al campamento que ya estaba señalado por el Capitán Álvarez en una buena situación cerca del Río, y bajo unos árboles que favorecen mucho por la estación en que nos hallamos. El Pueblo no tiene Casas ni galpones para colocar la gente; se ha encontrado una a propósito para parque de las municiones que traemos, y almacén de los vestuarios, y demás útiles del Regimiento”.

Belgrano conocía Rosario y su gente. La había visitado en septiembre de 1810 en su campaña al Paraguay. Unas 600 almas vivían en casas de adobe y paja, -cada una con sus corrales-, contiguas a la capilla de la Virgen del Rosario, construida del mismo material, y no se disponía de una edificación para el alojamiento de la tropa. La poca sombra disponible la daban algunos sauces en “el bajo”, a las proximidades del río, o un monte de ceibos existente sobre las barrancas, entre las actuales calles Rioja y Santa Fe, y donde se construía la batería “Libertad”. En sus proximidades se levantaron unas cuarentas carpas para los soldados. Como el lo destacó: que estuvieran al lado del río fue un bálsamo, para el aseo y el descanso. Al día siguiente del arribo de esas tropas se desató un fuerte temporal y el viento pampero que le siguió arrasó el improvisado campamento. Esas tiendas, eran “malas para el calor, para el agua y para el río”, según comunicó Belgrano a Rivadavia.

¿Dónde se alojó Belgrano?, sólo hay presunciones. Por él sabemos que se le “tenía preparada una casa”, y es muy probable que hubiera aceptado estar en una de las más confortables, la de Catalina Echevarría de Vidal, hermana de su gran amigo, y presidente del Superior Tribunal de Justicia del gobierno patrio, el rosarino Vicente Anastasio Echevarría. Ella estaba casada con uno de los terratenientes de la región y por ende su pasar debía ser más acomodado que el resto de los habitantes. Tampoco se conoce hasta el presente la ubicación de dicha residencia: se ha señalado que podría haberse levantado era próxima a la capilla, por la actual calle Juan Manuel de Rosas, o en las afueras del caserío, a la altura de las actuales calles Córdoba y Corrientes.

Aquí tenía que ser

La aldea, con sus modestas viviendas, calles mal trazadas y sin veredas, y sin demasiadas comodidades era no obstante un oasis para el viajero en medio de la desolación, porque en ella se podía proveer de agua y víveres. Por su posición estratégica fue el paso obligado de las tropas de los primeros gobiernos patrios en su empeño de expandir su influencia al resto de las provincias y al mismo tiempo una atractiva fuente de aprovisionamiento para el gobierno realista pertrechado en Montevideo y que quería sofocar el proyecto nacido en Buenos Aires, su tradicional rival. La “atmósfera apacible» de ese caserío rural, que se regía por el ritmo de la pequeña campana que poseía la capilla, se disipó para siempre y se convirtió en un cuartel. Fueron tiempos de definición y compromisos. Los rosarinos se pusieron manos a la obra utilizando las donaciones efectuadas por ellos mismos el año anterior.

La pluma del gran historiador Juan Álvarez lo ilustra vívidamente: “Aquella Capilla adormilada del tiempo de los virreyes, desapareció; unos a trabajar en la obra; otros, a correr la costa; otros más, a esperar con caballo ensillado al chasqui del sur que adelantara la noticia de estar las temibles velas enemigas a la vista de San Pedro; el resto, a seguir adiestrándose en el manejo de sables, fusiles o lanzas. Tampoco falta quehacer a las mujeres, dedicadas a la fabricación de pan para el ejército y cuidado de la ropa de los oficiales”.

Lo que ocurriría en la convivencia de los días sucesivos sería decisivo en la creación de la enseña nacional. Pero también fue el lugar donde por esos días convivieron exponentes del sector más revolucionario del gobierno patrio.

Los oficiales y tropas del Regimiento Patricios destinados en Rosario habían sido actores de primer orden en las invasiones inglesas y en los acontecimientos que concluyeron en la destitución del Virrey de España y la formación de la Primera Junta. Al asumir el poder el Primer Triunvirato, Belgrano fue designado al frente de los Patricios en reemplazo nada menos que de Cornelio Saavedra, el ex presidente de la Primera Junta y la Junta Grande. Los soldados se encontraban solidarizados en lealtad con ese jefe y no ocultaban su malestar con el gobierno que había provocado primero su caída y luego su destitución. Así fue como estalló el “Motín de las Trenzas”, el 6 de diciembre de 1811, así denominado por la negativa de sus integrantes de eliminar su coleta o trenza distintiva, un eslabón más en la intención del gobierno de convertir lo que era una unidad de milicias en tropa de línea, es decir, sin posibilidad de intervenir en el lugar y la duración de la prestación del servicio armado. Dicho motín culminó sangrientamente con el fusilamiento de los cabecillas, pero el gobierno, cuyo secretario era Bernardino Rivadavia, llegó a la conclusión que era preferible que dicho Regimiento saliera de Buenos Aires, foco de intrigas, y que fuera destinado al frente de batalla, que en esos momentos era el litoral.

La ciudad zona de guerra

Un poco de sombra por favor!!!

Que no te agarren los cimarrones…

A pesar de todo, un refugio

Entre la humareda y el polvo…

La aldea del ritmo de la campana despertó de su vida apacible

La vida cotidiana

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